La Humanidad ausente: reflexiones desde un congreso de IA

El pasado 11 de diciembre participé en el Primer Congreso Internacional e Interdisciplinario Online sobre Derecho e Ingeniería en Inteligencia Artificial, organizado por la Universidad Autónoma de Chile, la Universidad Internacional de Postgrados Ignacio Castro Pérez (UNICAP), y el Laboratorio Lisa Lab . La iniciativa merece reconocimiento: crear un espacio donde el derecho y la ingeniería converjan es urgente y necesario. Sin embargo, algo fundamental estuvo ausente en ese encuentro. No un dato, no una perspectiva técnica. Faltó nombrar lo obvio: la Humanidad.

Durante horas escuché palabras como «legislación», «regulaciones», «algoritmos», «sistemas». Los ponentes navegaban con fluidez entre tecnicismos y marcos normativos. Pero cuando un diplomático africano compartió, con voz entrecortada, el abismo tecnológico que separa a su pueblo de estas innovaciones, la conversación no cambió de registro. Se habló de globalización, no del espanto de ese ser humano frente a una brecha que se ensancha. Cuando estudiantes chilenos presentaron los retos regulatorios de los deepfakes, sus ojos delataban otra cosa: la indignación visceral frente a casos de acoso sexual generados con esta tecnología. Las regulaciones entraron al diálogo. El coraje y la experiencia deshumanizadora permanecieron en las sombras.

El lenguaje que secuestra la conversación

Aquí reside el primer problema: cuando hablamos de inteligencia artificial desde tecnicismos estériles, convertimos un asunto que nos concierne a todos en un debate inaccesible. Secuestramos la conversación en estructuras de poder silenciosas, en lenguajes que excluyen. Y es difícil enfrentar lo que no puede ser nombrado.

¿Cuántas personas están discutiendo en sus casas por qué un algoritmo les negó el crédito hipotecario? ¿Dónde está el espacio para que los jóvenes comprendan que sus currículums (escritos con IA para ser leídos por IA) los están dejando fuera del mercado laboral sin criterio humano? ¿Alguien ha explicado a los agricultores que la misma tecnología que promete resolver alteraciones genéticas es la que está transformando radicalmente su relación con la tierra?

Esta ruptura es peligrosa. Los más afectados no pueden nombrar la amenaza real, y por tanto, no saben cómo enfrentarla. No hablamos de bloques enemigos identificables, sino de una plaga invisible: rechazos sistémicos que no se pueden adjudicar a nadie, efectos devastadores que parecen no tener un asiento reservado en los congresos donde se decide su futuro.

El problema de medir con la vara equivocada

Si queremos regular una tecnología enfocándonos solo en sus mecanismos, tal vez estamos calculando mal desde el origen. Hablamos de sistemas con capacidad de autoprogramación (que se diseñan y programan a sí mismos sin intervención humana constante). Hablamos de una «inteligencia» que promete superar exponencialmente la capacidad humana. Una tecnología que, según reconocen sus propios creadores, ni los científicos más prestigiosos comprenden del todo.

En 2023, más de 350 referentes tecnológicos firmaron la Declaración de Riesgos de IA, categorizándola junto a las armas nucleares y biológicas como riesgo existencial para la humanidad. Sin embargo, la tenemos en nuestros bolsillos y la tratamos como «otra app más». Esta desproporción entre el riesgo real y nuestra percepción cotidiana debería alarmarnos.

Las preguntas incómodas se acumulan: ¿Quién decidió poner esta tecnología en manos de todos sin un debate público robusto? ¿Con qué incentivos? ¿Por qué se desarrolla una herramienta tan poderosa enteramente en capital privado? ¿Hemos normalizado el costo de nuestra salud mental ante cada innovación de la industria tech, o simplemente nos hemos rendido ante la complejidad de entenderla?

Los daños ya están aquí

Cuidemos esta conversación para no caer en lo alarmistas, pero démonos la oportunidad de preguntar; ¿quiénes absorben el riesgo? ¿Quiénes serán los afectados cuando algo salga mal?

Los casos existen y están documentados. Menores de edad que han desarrollado dependencias emocionales peligrosas (incluyendo casos de suicidio) con chatbots de IA. Fraudes millonarios facilitados por sistemas que revelaron información sensible. Familias devastadas financieramente porque un algoritmo las marcó como fraudulentas cuando eran inocentes, sin posibilidad de apelar ante un humano. Estos no son escenarios futuristas. Están ocurriendo ahora, mientras la conversación sigue anclada en notas técnicas.

¿Cómo se verán los siguientes daños cuando esta tecnología escale aún más? ¿Qué ocurre si nadie interviene a tiempo?

El espejismo del mercado

Hay un fenómeno revelador: todos en el mercado hablan de IA como fórmula del éxito. Las empresas etiquetan cualquier producto con «IA» para venderlo más rápido. Pero pregúntale a esos mismos ejecutivos qué es realmente la IA y qué viene a hacer con la Humanidad. La respuesta será evasiva.

El marketing y la economía conductual están logrando que adoptemos esta tecnología como compañera obligatoria de forma natural y cotidiana. Pero algo no cuadra: si todo es por rentabilidad, ¿por qué muchas de estas empresas tienen ganancias virtuales o inexistentes? ¿Qué otros activos no monetarios están viendo ellos que nosotros no percibimos? ¿Qué poder real tenemos frente a estos sistemas?

Y la pregunta que me quita el sueño: ¿entendemos dónde está el punto de no retorno?

Un llamado necesario

No propongo detener la innovación ni demonizar la tecnología. La IA tiene potencial verificable en diagnóstico médico, accesibilidad, investigación científica. Pero necesitamos cambiar radicalmente la conversación.

Necesitamos que las conversaciones sobre IA incluyan a las personas afectadas, no solo como casos de estudio sino como protagonistas del diálogo. Necesitamos mecanismos de auditoría pública sobre algoritmos que toman decisiones por el futuro de seres humanos. Necesitamos transparencia radical sobre quién gana y quién pierde con cada implementación. Necesitamos que el derecho se enfoque menos en regular el algoritmo y más en proteger a la persona.

Sobre todo, necesitamos recordar constantemente que no estamos hablando de una app llamada IA. Estamos hablando del futuro de nuestra civilización. Y esa conversación no puede seguir ocurriendo en un idioma que la mayoría no habla, en espacios a los que la mayoría no puede acceder.

Mi compromiso es simple: seguir recordándole a la academia, a los grupos empresariales y a los colegiados de derecho que en el centro de todo esto hay personas. Personas reales, con vidas reales, absorbiendo riesgos reales de una tecnología que prometió servirnos pero que aún no sabemos si podremos controlar.

Espero vuelvas a recordar alguna de estas preguntas, una y otra vez, cada que vuelvas a abrir ChatGPT.

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